Rubén Cedeño
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Diez Días de Vipassana-Rubén Cedeño

Hice la solicitud por escrito para ingresar en un centro de meditación Vipassana y después de unos días de haberlo sometido me aceptaron. Parece que allí estudian a la persona que van a aceptar. Vi los requisitos y eran muy estrictos, pero me arriesgué a hacerlo. Nunca he participado de cursos de ese tipo, ya que esas cosas no me gustan, no me interesan para nada, pero quería completar un escrito extenso que ya lo tenía listo sobre el Vipassana, con una vivencia en un centro de Meditación de estas características. Algo me decía que lo hiciera y me atreví.

Un asunto que me impresionó de buena manera es que no cobraran, aunque uno pasara allí diez días comiendo, durmiendo y recibiendo clases y que solo pidieran una donación amorosa al final. El grupo organizador no era ningún movimiento religioso ni secta, su único objetivo era que por medio de la meditación uno descubriera por sí mismo lo que tenía que ver dentro de uno, sin el matiz de ninguna ideología, religión o tendencia esotérica.

Tuvieron que auxiliarme para llegar al lugar que era cerca de Barcelona, camino a la frontera con Francia. Estaba en la cima de una colina, en un descampado de la extensión como de una manzana de esas que son muy grandes. En el centro del terreno estaban las edificaciones. En todo el lugar no había adornos de ninguna especie, nada que distrajera la mente, ni estimulara la imaginación en ningún sentido, era todo sencillo, humilde y que tuviera alguna practicidad. El “Salón de Meditación”, era bastante grande, de madera pulida y sin ninguna imagen de nada ni siquiera de un Buddha. Solo había cojines para sentarse, que todos hacían preferiblemente en posición de loto. Estaban disponibles cobijas grises para ponerse por encima, una tarima para el coordinador de la meditación, un equipo de sonido para poner el audio de las clases y hacer los mantrams en pali que ya estaban previamente grabados. Era todo seco y austero. De un lado y de otro del templo estaban las habitaciones para damas y caballeros, que eran colectivas con 14 camas literas dobles cada una y un baño para cada sección con tres duchas, tres inodoros y tres lavamanos. Había una cocina amplia, muy bien dotada industrialmente y el comedor de damas y caballeros era separado. La mesa para comer era colectiva y aunque comíamos mirándonos, no podíamos dialogar, asunto que nos fue obligando a que cada uno poco a poco se fuera metiendo dentro de su plato y ni siquiera nos miráramos. En un momento determinado decidí escoger un rincón del comedor el más apartado y oscuro. Allí permanecí comiendo hasta el final. No se podía llevar ningún adorno y mucho menos insignias religiosas como crucifijos, cuarzos y otros asuntos.

Dormir con 28 personas no me gustaba y en una litera menos. Pero uno a veces tiene que hacer estas cosas para doblegar su personalidad y el orgullo. Y así lo acepte. La primera noche los ronquidos eran insoportables, previendo esto me había llevado unos tapones para las orejas, pero no funcionaban mucho. Apele a la metafísica y decrete: “Yo Soy aquí la Divina Presencia del Guardián Silencioso de este lugar silenciando todos estos ronquidos”. Y como por arte de magia todos se callaron. Entre los compañeros había de todos tipos y tamaños, desde abuelos que podían ser mi padre, gente a mitad de camino en la vida y jovencitos casi adolescentes. Eran de nacionalidades variadas, de muchos países y hasta un africano había. Por sus caras y ropas, algunos se veían como poderosos ejecutivos otros con aspecto de hippie, y unos pocos como obreros. Pero había una característica común, todos se veían buenos y nobles.

Los requisitos eran demasiado estrictos y había que cumplirlos a rajatabla, había un manager que se encargaba de que esto se ejecutara y si alguien los incumplía, dulcemente te lo decía. No se puede hablar durante 10 días, ni siquiera hacerle señas ni tocar a nadie para saludarlo, ni siquiera decir ni perdón, ni dar los buenos días, ni las buenas noches. Era silencio absoluto. Asunto muy beneficioso para el alma y para comenzar a observarse uno mismo y callar esa mente parlanchina. Tampoco se podía cantar ni llevar radio, CD Player, ni iPod y los celulares nos los quitaron en la puerta el día que entramos. El espacio para poder circular era al aire libre, no muy extenso y estaba delimitado por una cuerdita, que nunca a nadie se le ocurrió saltarla. Estábamos presos por propia voluntad, apresada la materia para que brotara el espíritu. Allí comprendí la clausura de las carmelitas. No había grama, sino un pasto más o menos bien cortado con unos cuantos arbustos y pinos no muy altos. En los alrededores no se veían casas ni construcciones, solo un silencio arrollador que lo envolvía y se tragaba todo. Este silencio nunca me desesperó. El lugar era ideal para lo que estábamos haciendo.

La comida era estrictamente vegetariana y se desayunaba a las 6 y 30 de la mañana unas manzanas con peras y ciruelas hervidas, avena y pan integral. Se almorzaba a las 11, siempre variaban los granos, nunca faltaba el arroz integral ni la ensalada y de postre fruta o un arroz con leche. Después de las 12 del día ya no se servía más comida hasta el siguiente día. Esto era igual a como comía el Señor Gautama. Al principio me dio miedo que me dieran ataques de hambre pero nunca pasó, me acostumbré. Al principio la comida era muy abundante, luego poco a poco la fueron reduciendo. Esto era a propósito, para que cada día comiéramos menos. Un día después de la comida, que tenía la boca un poco amarga, me encontré entre mis cosas un caramelito de menta y vi la gloria. Pero si me lo comía por completo no iba a tener más, así que cada día lo chupaba un poquito y lo guardaba para el siguiente, así hasta que lamentablemente se terminó.

Pasábamos unas 11 horas al día meditando desde las 4:30 de la mañana, lo que hacía que nos levantaran a las 4 en punto de la madrugada. Antes de dormir, como a las 7 o las 8 de la tarde, gozábamos de unas dos horas de clases del Buddhadharma más puro, bello, claro y bueno que jamás le escuché a alguien, ni leí en algún libro. Era lo que más me gustaba de todo, era la guinda sobre el postre. Esas pláticas le aclaraban a uno los procesos internos que el sistema hacía que surgieran de uno. Recuerdo con nostalgia el sonido de un dulce gong de registro agudo que sonaban para levantarnos en la mañana, para llamar a la meditación y las comidas.

Todos los estrictos requisitos, junto a las técnicas de meditación, hicieron que al siguiente día de haber empezado, ya estuviera en proceso de retrospección de toda mi vida. Fue un examen de mi encarnación. Allí dentro me vino el 21 de Mayo y cumplí 56. Por cierto, que el ego no se afectó ni sintió nada por que pasara ese día completamente ignorado y apartado del mundo. En el proceso, primero empezó a salir todo lo negativo. Y aunque mi vida la considero bella y positiva, no dejan de haber por allí cosas que transmutar. Pues todo eso comenzó a salir y me empecé a sentir demasiado mal. Estaba consciente de lo que me pasaba, lo aceptaba, pero era espantoso. Así pase la mayoría de los días. En un momento determinado, ya al final de los días, no salió más lo negativo sino lo positivo y empecé a ver claro las cosas que debía hacer en el futuro inmediato con demasiada, con mucha precisión.

Creo que no debo decir aquí lo que hacíamos en la meditación, que el que lo desee saber, que haga este retiro. Pero a pesar de esta advertencia diré algunas mínimas cosas que son importante que se sepan. La meditación no se hacía en ningún mantram, ni otorgaban mantram personal para meditar en él, tampoco lo mandaban a uno a concentrarse en alguna deidad, gurú, paisaje, entidad, objeto, ni nada. Las meditaciones no eran encaminadas hacia un culto en especial de un grupo o religión, todas eran conducidas hacia la observación interior, penetrando en las raíces más profundas de nuestro ser, metiéndose dentro de uno mismo a conocerse. En un momento del curso se nos solicitó que en tres de las meditaciones del día, con la duración de una hora, no moviéramos ni un pelo y aquí sí que todo se puso más duro.

Cada día de este retiro lo pasé diciéndome a mi mismo en algunos momentos: “Esto es maravilloso, se lo diré a todos que lo hagan”. Al rato me desdecía: “Es espantoso, no se lo recomendaría ni a mi peor enemigo”.

En los escasos momentos libres en el limitado espacio al aire libre, me deleitaba con el cielo que era bellísimo, habían millares de pajaritos que trinaban y volaban por aquí y por allá, conejitos que atravesaban corriendo, miles de hormigas haciendo sus madrigueras. Era el único deleite, porque ni siquiera un libro nos dejaban leer.

Esa vivencia fue fuerte, creo que es necesario pasarla aunque sea una vez en la vida, pero se lo recomiendo solo a los valientes, para que no abandonen el lugar, como vi que lo hicieron cinco de nuestros compañeros que salieron en estampida horrorizados.

Por Rubén Cedeño

Barcelona 25.5.2008

Grupo Metafísico de Madrid

Desde la Sede Central del Grupo Metafísico de Madrid Europa tengo el placer de darles la bienvenida a todos los que visitais esta puerta a las enseñanzas de los Maestros Ascendidos, de la edad dorada de su majestad Saint Germain y a la magistral exposición de su discípula directa, nuestra Amada Conny Méndez, cuyo legado recibimos de la mano de nuestro amigo Rubén Cedeño, para cuyo agradecimiento por su Amor, Instrucción y Amistad no conoce límites.

Aprovecho esta oportunidad para dar las gracias públicamente también a las personas que componen el grupo interno que tengo el privilegio de dirigir, sin cuyo amor, buen hacer y apoyo incondicional, no podría realizar la tarea que libremente elegí en su momento, así como a todos los colaboradores que contribuyen con las conferencias e instrucciones día a día, fieles a su linea discipular y a su conciencia. 

Si en algo contribuye esta página, a la expansión de la luz, aunque sea de una persona, nos daremos por satisfechos.

por Domingo Laut Rodríguez